Los mártires de Turón.

La detención de los Hermanos se produjo el día cinco sobre las 04,30h. Poco antes de que la turba de socialistas llegara a la escuela, la cuñada del capellán del pueblo llegaba en gran estado de agitación a las escuelas avisando de que “…ha estallado la revolución…” y que había sido detenido su esposo y su hijo, así como el capellán, el párroco y el coadjutor.

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La denominada “Revolución de Octubre de 1934” fue, sin duda, la antesala y la primera parte de la contienda que arrasó España de 1936 a 1939. Fue aquella revolución el ensayo de tal guerra. Fue la puesta en escena elegida por los dirigentes, partidos y sindicatos del posterior Frente Popular, principalmente el PSOE, la UGT y el PCE –los anarquistas de la CNT y FAI no participaron–  para ensayar en todos los aspectos lo que después a gran escala llevaron a la práctica en tal contienda, sin excluir la eliminación física premeditada y alevosa de aquellos a los que consideraban sus enemigos fuera por motivo de fe o de ideología. Así, especialmente en Asturias, donde el ensayo fue más real, no se recataron en asesinar a sangre fría a miembros de la Guardia Civil, militares, civiles calificados como “de derechas” y, cómo no, “peligrosos” sacerdotes. Entre estos últimos están ocho Hermanos de las Escuelas Cristianas y un Padre Pasionista que se encontraba en las escuelas pasando unos días reclamado por los hermanos para preparar a los niños para celebrar el primer viernes de mes que era, precisamente, el día 5.

Los hermanos dirigían desde hacía años una escuela en la pequeña localidad de Turón, situada en el centro de la cuenca minera asturiana, en la cual, y desde principios de siglo funcionaba la Sociedad Hullera de Turón –filial de la Empresa de Altos Hornos de Vizcaya– que absorbía todo el trabajo de extracción de tal elemento. A comienzo de la década de los años treinta, el nuevo director de la sociedad citada había incrementado notablemente los servicios sociales a los trabajadores de las mismas y a sus familias, entre los cuales estuvo la creación en 1933 de la escuela de Turón al frente de la cual se colocó a los Hermanos de las Escuelas Cristianas, cuya labor venía siendo realmente encomiable.

El 5 de Octubre estalla la revolución marxista en toda España prendiendo con muy especial virulencia en Asturias; al frente de la misma y en prácticamente todas las ciudades y pueblos se colocaron desde el primer instante, pues así estaba todo convenido, las principales autoridades civiles y políticas del PSOE y de la UGT, en menor grado los miembros del PCE que fueron incorporándose a las algaradas con posterioridad. Así pues, todo lo que iba a ocurrir, en Turón y en los demás pueblos fue siempre responsabilidad directa de los socialistas del PSOE y de la UGT.

Ese mismo día 5, armados de antemano y perfectamente organizados, con su alcalde a la cabeza, se formó un “Comité Revolucionario” cuya primera medida fue, además de hacerse con la localidad, conminar a la rendición al puesto de la Guardia Civil del pueblo. Como los guardias no se avinieron a rendirse, los socialistas lo asediaron y asaltaron matando al jefe, un Sargento y a dos guardias, dejando mal heridos a los otros dos que componían la fuerza. Hechos dueños del pueblo, inmediatamente fueron detenidos el director de la Sociedad Hullera, los ingenieros de ella, los sacerdotes del pueblo, el jefe de los guardias jurados de la empresa, los Hermanos y cuantos paisanos consideraron oportuno fuera por su pertenencia a partidos de derechas o fuera por simple y burda inquina personal. El Comité y sus secuaces instaló su cuartel general en las escuelas por ser el edificio más amplio y céntrico del pueblo.

La detención de los Hermanos se produjo el día cinco sobre las 04,30h. Poco antes de que la turba de socialistas llegara a la escuela, la cuñada del capellán del pueblo llegaba en gran estado de agitación a las escuelas avisando de que “…ha estallado la revolución…” y que había sido detenido su esposo y su hijo, así como el capellán, el párroco y el coadjutor.

Estado actual del edificio de las escuelas de Turón.

Al poco, llegaba la turba de socialistas exigiendo se les facilitara la entrada en el edificio. Abierta la puerta por uno de los hermanos, que era sordo, uno de los agitadores hizo un disparo que dio contra la pared, momento en que todos los demás, como si hubiera sido una señal, abordaron el edificio desparramándose por él, atropellando en su camino a los hermano que acudían al ruido de los gritos y no respetando estancia alguna. Ni que decir tiene que en su bárbara acción no había objeto que quedara vivo, pues todo lo tiraban y destruían.

Detenidos todos los religiosos, colocados en un grupo, fueron trasladados a la Casa del Pueblo, la sede del PSOE y de la UGT, a tan sólo un kilómetro de las escuelas. En ella se unieron a los demás detenidos ya citados más arriba. En seguida, les dieron la orden de quitarse sus trajes talarse, para lo cual hubo que traerles ropa de paisano de las escuelas y, más aún, la absoluta prohibición de hablar entre ellos, y ni mucho menos con los otros detenidos. La Casa del Pueblo quedó así convertida en prisión fuertemente vigilada por varios revolucionarios armados dentro y fuera de ella.

Dada la actitud violenta y agresiva de los socialistas, ninguno de las diecisiete personas allí encerradas se hacía muchas ilusiones de en qué podía acabar aquello, por lo que todos optaron por aprovechar el tiempo utilizándolo para confesarse con el párroco del pueblo, tras de lo cual dedicaron, religiosos y paisanos, la mayor parte del tiempo a rezar y a animarse espiritualmente unos a otros. Ese día 5 y durante todo el 6 no les dieron nnada de beber ni de comer.

No fue hasta el día ocho por la noche cuando los socialistas se vieron con las fuerzas para llevar a cabo el que había sido desde un primer momento su plan: ejecutar a los allí detenidos, en especial a los religiosos.

Efectivamente. Varios de los más exaltados revolucionarios, contando a su cabeza con Silverio Castañón y Fermín García (a) “El Casín”, cavaron unas fosas, contando para ello con la ayuda de algunos otros socialistas venidos de las localidades cercanas de Mieres y Santullano. Nada ni nadie, ni siquiera la intervención en favor de los hermanos de varias madres de alumnos de los religiosos les pudo torcer de su criminal empeño. Finalmente, reunido el Comité en las escuelas, y hartándose de vino, determinaron hacia la media noche proceder con su objetivo.

Sobre la una de la madrugada ya del 9 de Octubre de 1934 entraron en la sala donde dormían en el suelo los detenidos. Les despertaron y exigieron que se desprendieran de todos los objetos, con valor o sin él, que llevaban encima. Sólo el padre pasionista también detenido logró quedarse, sin que los socialistas se dieran cuenta, de unas notas manuscritas durante los días de detención y de un relicario de la Virgen.

Sacados al exterior, a la luz de una mísera bombilla que alumbraba el patio, los hermanos i el padre pasionista vieron como el grupo que les iba a asesinar estaba compuesto por una veintena de personas todas ellas armadas de fusiles y pistolas. Entonces Castañón les preguntó en voz alta “¿Saben ustedes a dónde van?”, a lo que el hermano Augusto Andrés le respondió con firmeza “A dónde ustedes quieran. Nada nos importa. Estamos preparados para todo.” Ante lo inesperado de la serenidad tanto de la respuesta, como de los allí presentes, Castañón adujo “Pues van ustedes a morir”. Ninguno de los presos respondió. El silencio fue la contestación a sentencia tan injusta y criminal. Tampoco nada dijeron el Tt. Col. Arturo Luengo  Vare y el Cte. Norberto Muñoz, ambos de Carabineros, que permanecían firmes con la cabeza alta y la mirada fija en sus ya inmediatos asesinos.

La comitiva comenzó entonces su caminata hacia el cementerio del pueblo. En vez de marchar a él por la carretera central, el camino más corto, seguramente para evitar a toda costa la mínima posibilidad de encontrarse con alguien, los presos fueron llevados por una senda secundaria, invirtiendo unos diez minutos en el recorrido. El ambiente, aunque tenso, era de gran serenidad y ánimo “Los hermanos y el padre oyeron tranquilamente la sentencia y fueron con paso firme y sereno hasta el cementerio, sin pronunciar una queja, tanto que yo –que soy hombre de temple– me emocioné por su actitud. Sabiendo a dónde iban, fueron como oveja al matadero”, declaró posteriormente el propio Castañón.

Puerta de entrada al cementerio de Turón.

Llegados todos al cementerio tuvieron que esperar a que llegara el enterrador, bien fuera porque no se le había avisado, bien porque se le había dicho otra hora, bien porque dicho funcionario, temerosos, se tomara su tiempo. El caso es que tuvieron que ir en su busca al pueblo varios de los socialistas. Una vez todos de vuelta y abierta la puerta, al enterrador le dijeron que esperara fuera. Hay que advertir que en los días previos los revolucionarios habían cavado una fosa común en su interior, lo que indica lo premeditado de la decisión que tenían desde el primer momento de asesinar a los religiosos y a otros más.

Llevados al interior del cementerio, hasta la fosa citada, los hermanos llegaron a ella conscientes de que su final era inmediato, rezando con gran recogimiento y devoción, conteniendo la emoción, envueltos todos en la oscuridad de la noche, contemplando de reojo los ventanales de las escuelas que habían sido su hogar y lugar de trabajo, pues desde el cementerio se divisaba perfectamente dicho edificio.

Llegados al borde de la fosa, recibieron la orden de detenerse. De inmediato, sin mediar más palabras, casi por sorpresa, la voz de Castañón tronó en el silencio “¡Fuego!” y la descarga de la veintena de socialistas sonó rompiendo la placidez en que Turón y su comarca se encontraban. Todos cayeron de inmediato. Castañón y “El Casín” se dedicaron a dar el tiro de gracia aalguno que vieron que se movía. Sin embargo, al Teniente Coronel y al hermano mayor los remataron con una maza de grandes dimensiones que alguno de los revolucionarios había portado consigo.

Cumplido su criminal objetivo, los socialistas salieron por la puerta del cementerio contraria a la que habían entrado, según ellos mismos declararon después para evitar cualquier posibilidad de toparse con persona alguna que pudiera más tarde identificarles.

El 11 la revolución en Asturias quedaría sofocada y el día 19 varios destacamentos de la Guardia Civil llegaban a Turón, restablecían el orden y detenían a decenas de revolucionarios, entre ellos a los autores de la matanza descrita. Su encarcelamiento duró hasta Febrero de 1936, cuando fueron puestos en libertad a raíz de la toma del poder tras las más que manipuladas elecciones de entonces por el Frente Popular compuesto, entre otros, por el PSOE y la UGT, es decir, por los propios asesinos.

Además de los dos militares asesinados, los religiosos fueron: H. Cirilo Bertrán, de 46 años. H. Marciano José, de 34 años. H. Victoriano Pío, de 29 años. H. Julián Alfredo, 31 años. H. Benjamín Julián, de 26 años. H. Augusto Andrés, de 24 años. H. Benito de Jesús, de 34 años, oriundo de Argentina. H. Aniceto Adolfo, de 22 años. P. Pasionista Inocencio de la Inmaculada, 47 años.

 

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